Cuento "La Princesa que extravió su sonrisa"



"Matilda era una princesita que desde pequeña le encantaba jugar y hacer sonreír a la gente. Siempre andaba revo­loteando con gracia y alegría por todos lados.

Tenía el cabello castaño rizado y le encantaba que le pusieran lazos de colores.

Mamá y papá siempre estaban muy ocupados y no tenían mucho tiempo para compartir con ella, por eso Matilda se esmeraba mucho por tener siempre todas sus cosas ordenadas y estar siempre limpia y bien peinada para que cuan­do mamá y papá llegaran, se sintieran contentos de verla y quisieran jugar y conversar con ella.

Sin embargo, a medida que iba creciendo, se empezó a dar cuenta que aún cuando se esforzaba mucho y hacía todo lo que se imaginaba por ser la hija perfecta para sus padres, algo debía estar haciendo mal, pues sus padres llegaban cada vez más tarde y cuando estaban en casa no se sentaban a jugar con ella y apenas le prestaban atención. Papá se encerraba en su estudio o se sentaba frente al televisor y parecía como si no escuchar nada más que la TV, y mamá se iba a la cocina y no quería que la molestaran.

Cuando Matilda iba donde mamá o papá a pedirle que jugaran con ella o le ayuda­ran con sus deberes, ambos le decían que estaban cansados, que no les molestara con esas cosas, que para eso estaba María, la chica que la cuidaba durante el día, para jugar con ella y ayudarle con sus deberes.

Fueron pasando los años de su infancia y Matilda no perdía la esperanza de volver a hacer sonreír a sus padres, porque se daba cuenta que ellos aún podían sonreír, pues cuando iban visitas a la casa o salían a cenar con amigos, los veía sonreír y sobre todo se daba cuenta que ella misma no había perdido su encanto del todo, porque todas los demás personas que la conocían siempre decían que tenía mucha gracia y alegraba el ambiente ahí donde estuviera.

Cuando Matilda tenía 10 años, vino un primo de un lugar lejano a vivir con ellos a casa. Aunque ella no en­tendía muy bien por qué él no vivía con sus padres, si solo tenía 15 años. Pero igualmente se ale­gró mucho, porque pensó que al fin tendría alguien más con quien compartir y pasar las tardes, pues aunque María era muy buena y la quería mucho, siempre estaba ocupada limpiando, fregando, ordenan­do, planchando, cocinando, etc.


Desde que llegó el primo José, Matilda fue muy atenta y cariñosa con él, pues le daba pena que no tuviera a su familia cerca por lo que siempre le estaba preguntando si estaba bien, si quería algo más, pues se imaginaba que debía estar muy triste al no estar con sus padres. Fue pasando el tiempo y José le fue prestando cada vez más atención, lo que hacía muy feliz a Matilda, pues él la abrazaba, le hacía cariño y siempre la estaba mirando cuando hacía cosas. Lo que hizo que Matilda volviera a ser la princesa alegre y divertida de antes, pues se veía que aún tenía el don de hacer sonreír a los demás y de que la quisieran, aunque mamá y papá no lo hicieran, al menos su primo José sí lo hacía, incluso había empezado a decirle que la quería mucho.

Un día cuando Matilda tenía 12 años, José le dijo que había algo que él quería y eso le haría sentir muy feliz. Matilda sin dudarlo le dijo "lo que tú quieras, dímelo". Y él le dijo que le acompañara a la habi­tación, y le dijo que eso iba a ser su "secreto", que nun­ca debía contárselo a nadie, de lo contrario él dejaría de quererla y ya no jugaría ni harían más cosas juntos.


Ese día, al llegar papá y mamá a casa, Matilda no corrió a saludarlos, se quedó encerra­da en su habitación, y a la hora de la cena estuvo muy callada, algo muy extraño en ella. Por la noche sola en su habi­tación lloró las lágrimas más amargas que nunca había llorado.

A partir de ese día, la son­risa de Matilda comenzó a desdi­bujarse de su rostro. Y la chispa de alegría y gracia con que siempre se movía y hablaba se fue apagando. Mamá y papá siguieron cada uno en sus cosas y fue como si no se hubieran dado cuenta del cambio que había empezado a tener Matilda, que de ser una princesa alegre, sonriente y conversadora, se fue transformando en una adolescente silenciosa, introvertida, apagada, a quien su sonrisa se había extraviado de su cara. La única que notó el cambio y se preocupó fue María, pero cuando se lo dijo a la madre de Matilda, la respuesta de esta fue "debe ser la adolescencia, todas se ponen así". Pero María sabía que había algo más, pero no podía hacer ni decir nada, solo abrazar a Matilda cuando la encontraba llorando en silencio en su habitación.


El primo José siguió viviendo en casa 2 años más y cada día la llamaba a su habitación. Matilda iba en silencio y cabiz­baja, pues sentía que no podía negarse porque su primo le decía que la quería mucho y siempre le repetía lo feliz que le hacía.

Así fue como la princesa Matilda aprendió que el cariño se paga caro. Y que cuando tú no haces las cosas tal como los demás quieren, te ignoran y pasan de ti, como pasó con Mamá y Papá, a quienes Matilda nunco supo complacer ni descubrir qué era lo que debía hacer para que ellos la quisieran y hacerlos felices."


 

Epílogo

Con los años Matilda se casó y tuvo hijos. Y hacia sus 40 años conoció a una persona (terapeuta) que ahora le está ayudando a sanar esa herida que aún sangra silencio­sa y profunda. Está descu­briendo que hay esperanza y que tiene otra oportunidad de volver. a sonreír nuevamente.


Está aprendiendo además que el cariño y el amor verdadero, no exige ningún pago a cambio. Y que ella al igual que todas los princesas también tiene derecho a decir que NO, a ser amada, cuidada, valorada y respetada, por el sim­ple hecho de ser ella.


Dedicado a todas las princesas que han extraviado su sonrisa y que sepan que lo que les ha sucedido no las define ni las sentencia a vivir una vida de tristeza y sufrimiento. Pues a cualquier edad, con una buena ayuda, se pueden sanar hasta las peores heridas y siempre siempre siempre se puede volver a recuperar la sonrisa.


Pamela Jara Gómez

Coach Emocional - Coach Alta Sensibilidad

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